
Uno de los parámetros para evaluar la prosperidad de las culturas y sociedades ha sido siempre la distanca que podían recorrer diariamente o a lo largo de sus vidas, las diferentes personas que las componían. Así, durante la Edad Media, raramente se salía mucho más alla de la aldea -o pueblo, dependiendo del tamaño- en la que se residía. Habían por supuesto excepciones, pero la regla era que una persona vivía anclada a su lugar de origen y no se movía de allí. A aquello se le llamaba "Glebae Adscripti" y da para mucho que comentar, especialmente si evaluamos tendencias. Posteriormente, con la evolución de los medios de transporte, los ciudadanos pudieron, por fin, liberarse de determinados yugos, y poder hacer más kilómetros en sus vidas, apareciendo las grandes migraciones y el comercio, tanto a escala local como a escala internacional. Hechos que mejoraron, indudablemente, la prosperidad de las sociedades. Todo porque los ciudadanos de las mismas podían recorar más kilómetros -también con menos impedimentos y tasas, pero eso es otro tema-.
El otro día, comentaba con un compañero el kilometraje de su vehículo, por si necesitaba ponerlo en venta. Ya saben, por esa crisis que sufrimos como nadie, aunque fuimos los últimos en entrar y los primeros en salir, según el Sr. Rodríguez. Su vehículo había recorrido en menos de seis años una distancia superior a los ciento veinte mil kilómetros. Al día sale sobre los cincuenta y cuatro. Esos eran los kilómetros que hacía con el vehículo para ir a trabajar, comprar y poco más, porque el vehículo familiar era el de su mujer, con el que hace los viajes y tal, y por tanto, el coche estaba bastante reservado. Esto son aproximadamente tres vueltas al mundo en unos seis años. Curioso si lo comparamos con la edad media y si tenemos en cuenta que estamos hablando de una persona normal de treinta y cinco años. Algo dentro de "la media actual".
Caíamos en la cuenta de que la mayoría de estos desplazamientos eran por "obligación", o sea, o para ir a trabajar, o para conseguir recursos de habituales para la familia -vulgo hacer "mandaos"- y poco más. Y comentábamos como eso viajes redundaban en beneficio -bueno, más bien en paliativo de necesidades- de su familia. Cabría esperar, por tanto, que la política del Estado -o de la Nación, ese concepto discutido y discutible, según algunos- estuviera dirigida a facilitar esos desplazamientos de las familias y sus miembros, para continuar con esa tendencia que hace que las sociedades más prósperas son aquellas en las que sus ciudadanos pueden hacer más kilómetros al día y a lo largo de sus vidas.
Pero hete aquí que no es así. El consistorio de nuestra ciudad, en su aviesa cruzada contra el vehículo turismo -o sea, lo coches- ha decidido potenciar el medio de transporte del "futuro": la bicicleta. Para ello, no duda en destinar el importe de los impuestos que obtiene sobre los vehículos, y que no es poco, ni son reducidos precisamente, a mejorar un transporte que es minoritario, poco práctico y que, señores, se pongan como se pongan, no fomenta el desarrollo de las sociedades. El Ayuntamiento de Sevilla va, poco a poco, eliminando capacidad de transporte en turismo para ir pasándolo a la bicicleta, ignorando que con ello reduce libertades y comercio. Y no exagero un ápice.
Si mi amigo tuviera que recorrer los cincuenta y cuatro kilómetros diarios en bicicleta, a una velocidad normal -esto es, sin ir a ritmo de vuelta ciclista, "giro" o "tour"- tardaría más de tres horas en hacer esos recorridos. Amén de que no podría cargar con grandes pesos o bultos en los trayectos. Por supuesto, sin ningún hijo. Si tuviera que ir a ritmo de su hijo de ocho años, la cosa cambia.... a peor. Mucho peor. Una persona que necesita desplazarse por obligación, diariamente, en el mundo en el que vivimos -entendiendo esto por uno moderno y no la edad de piedra a la que quieren llevarnos- sólo ve como se le ponen impedimentos a sus desplazamientos diarios y a la solución de sus necesidades, de forma que alterará sus desplazamientos para adecuarse a la nueva situación, sí. A costa de reducir las zonas por donde puede desplazarse y de reducir las zonas donde puede abastecerse -o esparcirse, o lo que sea, pero en la práctica, comerciar-. Vamos, que todo esto impacta negativamente sobre uno de los parámetros con los que medir el progreso de las sociedades.
Todo el tema de los "carriles bici" -y otras limitaciones al transito de personas- está muy bien, si no resultara en un incremento de impuestos sobre los ciudadanos y en un detrimento de la prosperidad de nuestra ciudad. Y en nuestra ciudad esto va encaminado hacia la cruzada contra el vehículo turismo y el transporte privado en la ciudad.
Al parecer a nuestros gobernantes no les gusta ni eso de que los ciudadanos podamos desplazarnos libremente, ni que el comercio se expanda mucho. Si buscáramos en la Edad Media qué colectivo compartía ese objetivo no nos llevaríamos muchas corpresas: eran los "señoritos". Porque ellos no vivían ni de eso del transporte, ni de las mismas necesidades que los demás. Justo como los políticos: los que nos gobiernan y muchos de los que no.
A ver si este razonamiento despierta en más de uno alguna duda razonable sobre el bien que a nuestra ciudad está haciendo el querer salir en el "Guiness" de los carriles bici, en vez de en el de prosperidad, empleo y bienestar de sus ciudadanos. Porque con una idea, a priori positiva, se pueden hacer muchas cosas malas.
Y es que el infierno está empedrado con buenas voluntades. Y en este caso, además, no son buenas. Eso sí, se esconden detrás de una bonita cortina de propaganda.
A ver si este razonamiento despierta en más de uno alguna duda razonable sobre el bien que a nuestra ciudad está haciendo el querer salir en el "Guiness" de los carriles bici, en vez de en el de prosperidad, empleo y bienestar de sus ciudadanos. Porque con una idea, a priori positiva, se pueden hacer muchas cosas malas.
Y es que el infierno está empedrado con buenas voluntades. Y en este caso, además, no son buenas. Eso sí, se esconden detrás de una bonita cortina de propaganda.